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Revista Científica INTELIGENCIA |
ESTRATÉGICA |
Afectaciones a la seguridad y defensa del Estado colombiano, por los intereses de Rusia en Venezuela y la región latinoamericana (2009 – 2022)[1]
Impacts on the security and defense of the Colombian state, due to Russian interests in Venezuela and the Latin American region (2009 – 2022)
Volumen 1, Número 1, julio - diciembre de 2024, pp. 77-95
e-ISSN (3073-0139). Bogotá, D. C., Colombia
Fecha de recepción: 22/08/2024 | Fecha de aprobación: 28/11/2024
Resumen
Palabras clave: influencia; intereses; relaciones internacionales; geopolítica; desafíos.
Clasificación JEL: F44; F51; F52.
Abstract
Russia's growing influence in Venezuela and its interest in the Latin American region have generated a debate about the possible implications for Colombia's security and defense. This article analyzes the different ways in which Russian interests in Venezuela could affect Colombian security, including the increase in Russian military activity in the region, the proliferation of weapons, and support for illegal armed groups. To this end, a qualitative methodology was used through a review of secondary sources. The analysis allowed for reflection on four fundamental aspects: 1) International Relations and Geopolitics, 2) Russian Interests in Venezuela and Latin America, 3) Impacts on the Security and Defense of the Colombian State, and 4) Colombian Responses and Policies. The study concludes that Russia's interests in Venezuela represent a series of challenges for Colombia's security and defense, and the deep importance that the Colombian Government must give to the issue.
Keywords: influence; interests; international relations; geopolitics; challenges.
Introducción
Según Davydov (2014), el deseo del Gobierno ruso de ampliar sus intereses geopolíticos y consolidar su influencia en regiones como América Latina, África y Asia, así como los objetivos de un gobierno cuya ideología contrasta con la del Gobierno de los Estados Unidos, se hacen evidentes a partir del inicio del siglo XXI. Con la llegada al poder del presidente Vladimir Putin, su administración comenzó a delinear los primeros esbozos de una nueva estrategia de política exterior, orientada a posicionar a la Federación Rusa como un actor clave en el escenario político global. En este contexto, la creación de áreas de influencia a través de alianzas bilaterales o multilaterales, muchas de las cuales entran en conflicto con las políticas estadounidenses, constituye un objetivo central de esta estrategia diplomática. Este enfoque ha generado impactos negativos en los intereses estratégicos de Estados Unidos, reflejando una clara confrontación entre ambas potencias.
Según Castillo (2014), factores como la ideología del régimen venezolano, el ingreso del presidente Hugo Chávez a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y el apoyo brindado por el Gobierno de Venezuela a Cuba en contextos de protestas sociales o huelgas, ha influido en las dinámicas políticas y diplomáticas de la región. En el caso de América Latina, los intereses de Rusia parecen limitarse, en gran medida, a la retórica oficial, sin avanzar más allá del respaldo de Venezuela en ejercicios militares y la venta de equipo militar a países latinoamericanos. En este contexto, el mantenimiento de relaciones bilaterales entre Colombia y Rusia demanda que Colombia monitoree de manera constante las actividades e intenciones rusas en la región, dada su posible incidencia en los campos de interés estratégico del país.
La estrategia de Rusia en América Latina se fundamenta en la construcción de alianzas, el empleo de tácticas híbridas y la proyección de un poder asimétrico, elementos que se alinean con el concepto de “realismo ofensivo” propuesto por Mearsheimer. Este enfoque teórico sostiene que las potencias emergentes buscan maximizar su influencia en regiones estratégicas mediante el uso combinado de herramientas convencionales y no convencionales, incluyendo la cooperación militar, las inversiones estratégicas y la manipulación ideológica. En el caso de América Latina, esta estrategia se evidencia en la consolidación de relaciones con regímenes políticamente afines en países como Venezuela, Nicaragua y Cuba. A través de estas alianzas, Rusia no solo contrarresta las políticas de los Estados Unidos en la región, sino que también refuerza la configuración de un orden internacional multipolar (Gurganus y Rumer, 2019).
Según Celi-Medina (2020), la República Bolivariana de Venezuela ha implementado una política exterior, esencialmente pacífica, basada en los principios antiimperialistas y pro-Sur promovidos por Hugo Chávez. Sin embargo, tras su fallecimiento, el país se vio obligado, debido a la inestabilidad interna y la debilidad de sus actores políticos, a fortalecer su política de cooperación internacional y protección a través de nuevas alianzas. Esto se evidencia en los numerosos tratados y acuerdos suscritos con países afines, los cuales, salvo en el caso de Colombia, en algunos contextos resultan favorables a los intereses estratégicos de Rusia en la región.
Examinar la influencia de Rusia en Venezuela y América Latina resulta crucial, debido a su implicación en dimensiones políticas, económicas y de seguridad, las cuales configuran las dinámicas geopolíticas contemporáneas. Este análisis permite observar la relación actual entre Rusia y América Latina desde diferentes perspectivas y, al mismo tiempo, busca ofrecer herramientas prácticas que puedan apoyar la formulación de políticas de seguridad en un entorno regional cada vez más complejo y dinámico.
La relevancia del tema radica en que los intereses rusos en América Latina, particularmente en Venezuela, tienen repercusiones significativas para la comunidad internacional y especialmente para Colombia. En el contexto de unas relaciones regionales cada vez más estrechas, Colombia, con su tradición de vinculación con diversas potencias globales, debe prestar especial atención a estas dinámicas. En este sentido, las palabras del presidente ruso durante su visita a Europa en el segundo semestre del año 2008 ilustran esta postura: “Para ser claros, Rusia no enseña lecciones. Hay intereses, y Rusia quiere satisfacer sus intereses legítimos en Venezuela, Bolivia y Brasil”.
El objetivo de esta investigación es analizar las implicaciones para la seguridad y la defensa del Estado colombiano, derivadas de la influencia rusa en Venezuela y la región latinoamericana en el período 2009-2022, evaluando los factores militares, políticos y estratégicos que configuran esta relación. Este enfoque busca arrojar luz sobre cómo dichas dinámicas afectan no solo a Colombia, sino al equilibrio geopolítico de la región en general.
Reflexiones
El marco teórico del realismo ofensivo de Mearsheimer (2001) establece que, en un sistema internacional anárquico, las potencias buscan maximizar su influencia y seguridad mediante estrategias expansivas. Este enfoque enfatiza la competencia constante por el poder y la influencia en regiones clave, con el objetivo de lograr una posición dominante que garantice la supervivencia. En el contexto contemporáneo, el realismo ofensivo se adapta a través del uso de herramientas híbridas, alianzas periféricas y tácticas de desestabilización, que permiten a potencias como Rusia maximizar su impacto global con recursos limitados. Este enfoque teórico es crucial para entender la proyección estratégica de Rusia en América Latina y su impacto en la seguridad y defensa de Colombia.
El realismo ofensivo, aplicado al caso de América Latina, no busca el dominio directo de la región, sino la creación de un entorno desfavorable para los intereses de Estados Unidos. Esto se logra mediante la cooperación militar, económica y tecnológica con países aliados, así como mediante el apoyo a narrativas antioccidentales y el fortalecimiento de regímenes ideológicamente afines. Esta estrategia, que combina elementos del realismo clásico con tácticas híbridas, ha permitido a Rusia convertirse en un actor disruptivo en el hemisferio occidental (Gurganus y Rumer, 2019).
Relaciones internacionales y geopolítica
Las Relaciones Internacionales (RR. II.) y la Geopolítica están intrínsecamente relacionadas en el análisis de las dinámicas globales. Mientras las RR. II. se centran en las interacciones entre actores del sistema internacional, la Geopolítica examina cómo los factores geográficos condicionan dichas interacciones. Juntas, estas disciplinas permiten comprender cómo los Estados y otros actores persiguen sus objetivos estratégicos en un mundo interconectado (Baylis et al., 2017).
Por lo tanto, los Estados actúan de manera medida y estratégica en función de los objetivos establecidos. Los intereses de un país son inherentemente vulnerables, ya que pueden verse afectados por las acciones de otros miembros de la comunidad internacional. Estas afectaciones pueden manifestarse de diversas formas, incluyendo negociaciones previas, amenazas explícitas o implícitas, e incluso el uso directo de la fuerza (Pastrana-Buelvas et al., 2020).
La fusión entre las RR. II. y la Geopolítica se observa claramente en cómo los Estados usan su posición geográfica y su poder político para moldear las dinámicas internacionales. Por ejemplo, en el contexto latinoamericano, Rusia utiliza alianzas estratégicas con países como Venezuela para proyectar poder en el hemisferio occidental, desafiando la influencia de Estados Unidos. Este comportamiento puede explicarse mediante teorías del realismo y la geopolítica clásica, en las que la ubicación y los recursos de América Latina la convierten en un espacio crítico para la competencia entre potencias globales (Baylis et al., 2017).
En el sistema internacional contemporáneo, los Estados compiten por demostrar su supremacía, no tanto mediante confrontaciones bélicas directas -estas, en apariencia, se emplean como mecanismos de disuasión-, sino a través de dinámicas económicas. En este contexto, las alianzas estratégicas adquieren relevancia, especialmente con regiones como Latinoamérica, caracterizada por su riqueza en recursos naturales y su acceso geoestratégico al océano. Un ejemplo de esta rivalidad es la disputa entre Estados Unidos y China por el control de las comunicaciones, particularmente en torno a la implementación de la tecnología 5G (Chaparro-Betancourt et al., 2021).
Seguridad y defensa del Estado
La seguridad y defensa del Estado son conceptos fundamentales para la supervivencia y estabilidad de cualquier nación y abarcan un conjunto de estrategias políticas y recursos orientados a proteger su soberanía, integridad territorial, instituciones y población frente a amenazas tanto internas como externas. Si bien estos conceptos han evolucionado significativamente a lo largo de la historia, su esencia permanece centrada en garantizar la continuidad del Estado y la protección de sus intereses fundamentales.
La seguridad del Estado se refiere a la capacidad de un país para proteger su soberanía, estabilidad interna y bienestar de sus ciudadanos contra amenazas de diversa índole. Estas amenazas pueden ser militares, económicas, sociales, políticas, cibernéticas o ambientales (Buzan, 2008). Tradicionalmente, la seguridad estaba estrechamente vinculada a la defensa militar, pero en el siglo XXI el concepto ha evolucionado para incluir una visión más integral. La seguridad de un Estado se configura como un concepto integral que abarca múltiples dimensiones, todas interconectadas para garantizar la estabilidad y protección frente a amenazas internas y externas.
La seguridad interna se enfoca en salvaguardar al Estado frente a peligros como el terrorismo, el narcotráfico, el crimen organizado y los movimientos insurgentes. En un contexto como el de Colombia, donde la presencia de grupos armados ilegales constituye un desafío persistente, este componente es esencial para la estabilidad nacional (Baldwin, 2001). Por otro lado, la seguridad externa se centra en la protección del país ante agresiones o injerencias provenientes de otros Estados. Esto implica establecer alianzas internacionales, políticas de disuasión y mantener capacidades militares que permitan responder eficazmente a amenazas extranjeras (Stronski y Sokolsky, 2017).
Además, la seguridad económica juega un rol fundamental al salvaguardar los recursos estratégicos y garantizar la estabilidad financiera del país. Esto incluye proteger sectores esenciales como la energía, los recursos naturales y la infraestructura crítica frente a riesgos internos y externos (Yergin, 2006). Complementando esta visión, la seguridad humana, introducida en los años 90, pone énfasis en la protección de las personas contra amenazas como la pobreza, las enfermedades y los desastres naturales. Este enfoque amplía el concepto tradicional de seguridad al incluir el bienestar individual y colectivo como un pilar clave para la estabilidad de cualquier nación (United Nations Development Programme [UNDP], 1994).
Intereses de Rusia en Venezuela y América Latina
América Latina, tradicionalmente percibida como el “patio trasero” de Estados Unidos, representa para Rusia una oportunidad estratégica para desafiar su hegemonía y proyectar poder geopolítico. Desde el enfoque del realismo ofensivo, Rusia ha fortalecido relaciones con países clave de la región, como Venezuela, Nicaragua, Cuba, Brasil, Argentina, Chile, Ecuador y Bolivia, incrementando su influencia y generando tensiones que afectan la estabilidad en naciones como Colombia (Gutiérrez-Del Cid, 2008). Este posicionamiento desestabiliza el orden regional pro estadounidense y promueve narrativas contrarias a las políticas de Washington, debilitando su dominio en la región (Evan-Ellis, 2015).
A pesar de sus limitaciones económicas y militares frente a Estados Unidos, Rusia ejerce poder simbólico y práctico mediante cooperación militar, presencia diplomática activa y estratégicas inversiones en sectores como energía, minería y tecnología (Blank y Kim, 2015; Rouvinski, 2017). En este contexto, Venezuela se consolida como su principal aliado en América Latina y eje de su estrategia ofensiva. Desde 2009, Rusia ha intensificado su cooperación militar con el régimen de Nicolás Maduro, suministrando sistemas de defensa aérea S-300 y aviones Su-30, lo que ha fortalecido significativamente las capacidades defensivas del país (Cardozo-Álvarez, 2023). Además, a través de ROSNEFT, que es una empresa de petróleo y gas de propiedad del Gobierno ruso, ha asegurado el control sobre activos clave en la industria petrolera venezolana, consolidando su acceso a recursos estratégicos y su influencia económica (Blank y Kim, 2015).
Historia de las relaciones Rusia-Venezuela
La relación entre Rusia y Venezuela tiene sus orígenes en la Guerra Fría, cuando la Unión Soviética buscaba influir en América Latina como contrapeso al poder estadounidense. No obstante, esta alianza se consolidó durante el Gobierno de Hugo Chávez (1999-2013) y continuó bajo Nicolás Maduro, reflejando la evolución de sus vínculos geopolíticos y económicos. Desde 1999, ambos países han reforzado su cooperación para contrarrestar la hegemonía estadounidense en la región y promover una visión multipolar del orden mundial (Blank y Kim, 2015).
En 2001, Chávez y Vladimir Putin firmaron un acuerdo estratégico en materia militar y energética, que permitió a Venezuela adquirir equipamiento avanzado de defensa, como aviones Sukhoi y helicópteros Mi-17, marcando uno de los mayores acuerdos armamentísticos en América Latina en esa época (Crandall, 2008).
Intereses estratégicos y cooperación energética
El sector energético es un pilar clave de esta alianza. Empresas rusas como ROSNEFT y GAZPROM han establecido operaciones en la Faja Petrolífera del Orinoco, el campo petrolero más grande del mundo, a través de acuerdos bilaterales y empresas conjuntas (Evan-Ellis, 2015). Estas inversiones permiten a Venezuela diversificar sus socios económicos y permiten a Rusia consolidar una presencia significativa en el sector energético latinoamericano, ganando una posición estratégica en una región de gran importancia geopolítica. La Figura 1 muestra parte de dicho interés, representado en el comercio en el escenario analizado.
Figura 1. Comercio entre Rusia y América Latina, 2010-2020, en mil millones de dólares.
Fuente: tomada de (Shkolyar, 2021).
Rusia busca diversificar sus exportaciones hacia América Latina, aprovechando este mercado emergente para bienes tecnológicos, agrícolas y militares. Esta estrategia, sustentada en acuerdos bilaterales, genera tensiones en países como Colombia (Herbst y Marczak, 2019). La Figura 2 muestra cuál ha sido la dinámica del comercio entre Rusia y algunos países de América Latina.
Figura 2. Rusia y América Latina: Dinámica y oportunidades del comercio.
Fuente: tomada de (Shkolyar, 2021).
Continuidad de la relación en la era de Maduro
Tras el fallecimiento de Hugo Chávez en 2013, las relaciones entre Rusia y Venezuela adquirieron un carácter estratégico más consolidado bajo la dirección de Nicolás Maduro, quien enfrentó un entorno político y económico adverso. Ante las sanciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea, Rusia brindó apoyo financiero mediante préstamos respaldados por petróleo y acuerdos energéticos con ROSNEFT, lo que permitió mantener la operatividad económica del Gobierno venezolano (Blank y Kim, 2015). Este respaldo incluyó asistencia técnica en sectores clave, como energía e infraestructura, contribuyendo a mitigar parcialmente el impacto de las sanciones internacionales (Yergin, 2006). Además, Moscú utilizó foros internacionales, como Naciones Unidas, para bloquear medidas que incrementaran la presión contra Maduro, promoviendo una narrativa de soberanía y rechazo a la “injerencia extranjera” (Stronski y Sokolsky, 2017).
En el año 2019 la presencia militar rusa en Venezuela, incluida la llegada de bombarderos estratégicos Tu-160 y personal técnico, envió un mensaje claro sobre el compromiso de Moscú con la estabilidad del régimen de Maduro (Evan-Ellis, 2015). Este despliegue, percibido como un desafío directo a la influencia de Estados Unidos en la región, evidenció la disposición de Rusia para usar su cooperación militar como herramienta de disuasión y proyección de poder (Cardozo-Uzcátegui y Mijares, 2020). Estas acciones, enmarcadas en la estrategia geopolítica de Rusia, no solo fortalecieron la capacidad defensiva de Venezuela, sino que también consolidaron a Caracas como el centro de su estrategia ofensiva en América Latina, asegurando a largo plazo un punto de apoyo clave en el hemisferio occidental.
Inversión económica y comercial
El tema petrolero ha sido uno de los principales atractivos para la presencia rusa en América Latina, consolidándose como un eje estratégico de su inversión en la región. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe CEPAL (2009), en el año 2008 el 36% de la Inversión Extranjera Directa (IED) en América Latina provenía de Rusia, lo que reflejaba su interés en capitalizar recursos energéticos y fortalecer su influencia en el hemisferio. Durante la crisis financiera global de 2008-2009, mientras actores como Clarence Brown aportaron 215 millones de dólares en la región y China inyectó 1.386 millones, el enfoque analítico se desplazó hacia la solidez económica de Rusia, evidenciada en su superávit fiscal y de cuenta corriente hasta finales de ese año.
Tras la crisis, Rusia continuó aplicando fórmulas consistentes para la IED, integrando técnicas económicas en sectores estratégicos como el gas y el petróleo. Esta estrategia incluyó la modernización limitada de inventarios obsoletos de la era soviética y el aprovechamiento de su industria energética para mantener una presencia sostenida en el continente. Aunque estas fórmulas económicas no siempre han priorizado avances tecnológicos en los países receptores, han permitido a Rusia consolidar alianzas clave y proyectar su influencia en el contexto energético regional (Gutiérrez-Del Cid, 2008).
La estrategia de Rusia en América Latina, basada en el fortalecimiento de relaciones económicas con países clave, como Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia, ha tenido repercusiones significativas en la región. Estas implicaciones económicas no solo afectan directamente a los países aliados de Rusia, sino que también tienen un impacto indirecto en Estados vecinos, como Colombia, debido a las dinámicas transnacionales que estas relaciones generan.
Rusia ha establecido una presencia económica significativa en América Latina mediante inversiones en sectores estratégicos, principalmente el energético. Empresas estatales, como ROSNEFT y GAZPROM, han firmado acuerdos para la explotación de petróleo y gas en Venezuela, aprovechando los vastos recursos del país (Conley et al., 2019). Estos acuerdos han permitido a Rusia consolidar su influencia económica en la región, a la vez que proporciona a Venezuela una fuente crucial de ingresos para sostener el régimen de Nicolás Maduro. Chile ha explorado relaciones económicas en el sector energético, y Bolivia ha recibido inversiones rusas en proyectos nucleares y energéticos.
Cooperación en el ámbito militar
Rusia ha consolidado su influencia en América Latina a través de alianzas estratégicas con países clave, siendo Venezuela el pilar central de su estrategia ofensiva en el hemisferio. Desde el año 2009 ha fortalecido su relación con el régimen de Nicolás Maduro mediante la cooperación militar, suministrando sistemas de defensa aérea S-300 y aviones Su-30 que han mejorado las capacidades defensivas del país. Asimismo, a través de la petrolera estatal ROSNEFT, Rusia controla activos clave en la industria petrolera venezolana, garantizando acceso a recursos estratégicos.
Nicaragua también representa un socio estratégico, destacándose por la construcción de un centro de monitoreo satelital con aplicaciones militares y la donación de armamento como tanques T-72B y sistemas antiaéreos, lo que refuerza las capacidades del régimen de Daniel Ortega. En Cuba, la cooperación se enfoca en el ámbito cibernético, con tecnología avanzada para operaciones de desinformación y ciberataques, además de visitas regulares de buques de guerra al Caribe, que simbolizan su capacidad de proyección militar. (Blank y Kim, 2015).
Brasil y Argentina, aunque no son aliados militares directos, mantienen relaciones estratégicas con Rusia en sectores económicos y tecnológicos. Brasil, como miembro de los BRICS[2], colabora en áreas como tecnología y defensa, mientras que Argentina ha firmado acuerdos clave, como el de cooperación nuclear en el año 2015. Otros países, como Ecuador, Chile y Bolivia, también figuran en la estrategia de Rusia, aunque en menor escala. Ecuador ha fortalecido la cooperación militar mediante ventas de equipo de defensa, estas relaciones muestran la capacidad de Rusia para diversificar sus alianzas y proyectar su influencia en toda la región, desafiando el predominio de Occidente en el hemisferio (Blank y Kim, 2015).
Afectaciones a la seguridad y defensa del Estado colombiano
El uso de herramientas de desinformación y propaganda es un componente clave de la estrategia política rusa en América Latina. A través de medios de comunicación como RT y Sputnik, Rusia ha promovido narrativas que critican las políticas de Estados Unidos y sus aliados en la región, mientras destacan los beneficios de sus relaciones con Moscú (Conley et al., 2019). En el caso colombiano, estas campañas han fomentado la percepción de que las políticas de seguridad nacional del país están alineadas exclusivamente con los intereses estadounidenses, generando divisiones internas y desacreditando iniciativas clave del Gobierno (Kahn, 2023).
La influencia rusa, canalizada principalmente a través de su relación con Venezuela, tiene implicaciones directas en la política interna de Colombia. Los flujos migratorios masivos desde Venezuela, exacerbados por la crisis económica y política en ese país, han creado tensiones políticas internas en Colombia. Además, la presencia de grupos armados ilegales en la frontera, que cuentan con respaldo indirecto o tolerancia de actores estatales venezolanos, genera desafíos adicionales para la estabilidad política colombiana (World Bank Group, 2021); un ejemplo actual se visibiliza en los acontecimientos presentados en la región del Catatumbo -situación que no es nueva-, donde dichos factores vienen causando inestabilidad de toda índole en esta zona de Colombia (Otálora-Rodríguez, 2019).
Impacto en la estabilidad regional
Las implicaciones geoestratégicas de la presencia rusa en América Latina se manifiestan en su intento de proyectar poder en el hemisferio occidental, desafiando la hegemonía estadounidense. Rusia ha empleado alianzas militares, ejercicios conjuntos y el posicionamiento de capacidades estratégicas para consolidar su influencia geopolítica en la región.
La cooperación militar entre Rusia y Venezuela ejemplifica su geoestrategia, Moscú ha enviado aviones de combate y bombarderos a Venezuela en varias ocasiones, lo que simboliza su capacidad para operar en el hemisferio occidental (Stronski y Sokolsky, 2017). Estas acciones no solo representan un desafío para Estados Unidos, sino que también generan tensiones directas para Colombia, que comparte una extensa y conflictiva frontera con Venezuela.
Rusia ha explorado la posibilidad de establecer bases militares en América Latina, particularmente en Venezuela y Nicaragua, lo que podría alterar significativamente el equilibrio estratégico en la región (Farah y Richardson, 2022). Aunque estas propuestas no se han concretado, su potencial sigue siendo una preocupación para Colombia, que se vería directamente afectada por la presencia de infraestructura militar rusa en su vecindario geopolítico inmediato.
La presencia de Rusia en América Latina también incluye interés en los recursos naturales y rutas marítimas estratégicas, como el Canal de Panamá. Estas áreas de interés geoestratégico tienen implicaciones globales, pero para Colombia representan una competencia regional adicional en términos de acceso a mercados y control de recursos estratégicos (Flint, 2017). Las implicaciones militares de la estrategia rusa en América Latina son particularmente relevantes para Colombia, dada su proximidad a Venezuela, el principal socio militar de Rusia en la región.
Estas implicaciones incluyen el fortalecimiento del poder militar venezolano, el suministro de armas avanzadas y la transferencia de conocimiento técnico y táctico. También podría considerarse como un elemento importante de tal impacto la situación actual que viven millones de venezolanos que han tenido que migrar a diferentes países de la región y el mundo (Rodríguez-Caro et al., 2019).
Estrategias de influencia política
Dada la complejidad del panorama actual, en el cual Rusia utiliza múltiples herramientas para proyectar su influencia en América Latina, es imperativo que Colombia adopte estrategias integrales, específicas y proactivas para mitigar las amenazas en pro de fortalecer la seguridad y la defensa.
Otra acción clave es diversificar las alianzas internacionales mediante el establecimiento de diálogos estratégicos con la Unión Europea, reduciendo la dependencia de un solo aliado y ampliando las oportunidades de cooperación. Estas medidas no solo fortalecerán la posición de Colombia en el escenario regional, sino que también garantizarán el respaldo de aliados clave en la gestión de amenazas externas, mejorando la capacidad del país para proteger su soberanía y promover la estabilidad regional (Sánchez, 2021).
Respuestas y políticas colombianas
Para fortalecer la seguridad nacional, Colombia debe enfocarse en reforzar sus capacidades de inteligencia y contrainteligencia. Esto incluye identificar y neutralizar amenazas como el espionaje, la desinformación y las operaciones híbridas. Se necesita más inversión en tecnología de inteligencia artificial y ciberseguridad para detectar ataques y campañas de desinformación en tiempo real. Además, es necesario establecer un centro nacional de monitoreo y análisis de amenazas híbridas, especialmente sobre actividades en la región, que son un riesgo para la estabilidad nacional.
En las zonas fronterizas, particularmente en la colombo-venezolana, es necesario desarrollar capacidades de inteligencia humana (HUMINT) para rastrear movimientos de actores respaldados por intereses extranjeros. Paralelamente, Colombia debe ampliar su cooperación con agencias internacionales como la CIA, el MI6 y el Mossad, lo que permitirá compartir información estratégica de alto valor para mejorar la capacidad de respuesta frente a amenazas transnacionales. Estas acciones combinadas incrementarán la capacidad del Estado para anticiparse a riesgos emergentes y garantizar una respuesta sólida frente a actividades desestabilizadoras que comprometan la seguridad y soberanía del país.
Colombia debe implementar estrategias de seguridad económica para proteger sectores clave, como energía, minería y telecomunicaciones, frente a riesgos externos. Esto incluye combatir el contrabando en la frontera con Venezuela con mayor presencia militar y sistemas de monitoreo, además de incentivar a las empresas a fortalecer su ciberseguridad en infraestructuras críticas. Promover la cooperación económica regional reducirá la dependencia de mercados vulnerables y diversificará las relaciones comerciales. Estas acciones garantizarán la estabilidad económica y minimizarán riesgos aprovechados por actores extranjeros (Ortiz, 2003).
Relaciones bilaterales con Rusia
Colombia y Rusia adoptan una perspectiva amplia con respecto a los avances en la consolidación de la paz regional, habiendo logrado dicha estabilidad mediante el uso racional de herramientas diplomáticas, multimateriales y financieras. Durante la ejecución de los tratados internacionales entre ambos países, es evidente que una relación sólida solo puede surgir a partir de un complejo entramado de acuerdos.
Es innegable que Rusia es una potencia global, mientras que Colombia es un país en desarrollo que aspira a superar su estado de tercer mundo. Esta dinámica asimétrica no ha engendrado tensiones ni complejos de inferioridad por parte de los colombianos; por el contrario, la distancia geográfica, la escasa presencia de ciudadanos rusos en Colombia y las relaciones comerciales de escala limitada, pero valiosas para el desarrollo de la industria militar colombiana, sin embargo, por su ubicación geográfica y la alineación con Estados Unidos, hace que Colombia sea prioridad para la proyección rusa (Pellegrini-Jeri, 2022).
La relación diplomática entre Colombia y Rusia se ha enfocado en fortalecer la cooperación económica, política, social y cultural, con el objetivo de consolidar su posicionamiento en el ámbito internacional. Este proceso busca que ambos países logren reconocimiento y respaldo global, alineándose con las dinámicas del sistema internacional, donde ningún Estado opera de manera completamente autónoma. La interacción entre naciones, basada en intereses compartidos y la adaptación a ideologías específicas, se presenta como una herramienta clave para impulsar el progreso empresarial y fortalecer las capacidades estratégicas de cada país en un entorno interdependiente (Restituyo-Grullón y Prieto-Abinader, 2023).
Políticas de defensa y seguridad nacional
Colombia necesita modernizar sus capacidades militares para fortalecer su defensa contra amenazas tradicionales y no tradicionales. Esta modernización debe incluir la adquisición de sistemas de defensa aérea, tecnología avanzada y la renovación de las flotas navales, así como las aéreas para asegurar el control territorial, lo que generarían respuestas efectivas a incidentes fronterizos. Adicionalmente, el establecimiento de una doctrina de defensa que aborde la guerra híbrida, la realización de ejercicios conjuntos con aliados internacionales y la integración de estrategias contra amenazas cibernéticas y desinformación mejorarán significativamente la capacidad de disuasión y la preparación militar del país (Álvarez-Calderón y Trujillo-Palacio, 2020).
Para promover la estabilidad regional y reducir la injerencia extranjera, Colombia debe liderar diálogos entre países, disminuyendo tensiones y fomentando la cooperación. Es importante crear un mecanismo regional de seguridad y defensa para coordinar acciones contra el crimen organizado y la interferencia externa, así como establecer programas de ayuda humanitaria y desarrollo económico, en especial para Venezuela. Involucrar a la sociedad civil y al sector privado será clave para un enfoque inclusivo y sostenible.
Para proteger los activos digitales del Estado y asegurar la soberanía informativa, Colombia debe invertir en ciberseguridad e información estratégica. Esto incluye mejorar la capacidad de las agencias y dependencias especializadas en defensa cibernética trabajando de forma conjunta las capacidades civiles y militares para proteger infraestructuras críticas, además de implementar campañas de alfabetización digital y establecer un marco normativo para regular plataformas extranjeras. También es importante aumentar la cooperación internacional en ciberseguridad.
Conclusiones
Para contrarrestar la creciente influencia rusa en América Latina, Colombia debe enfocarse en fortalecer alianzas internacionales. Esto implica reforzar la cooperación estratégica con Estados Unidos en áreas como inteligencia compartida, ciberseguridad y asistencia militar. Además, promover acuerdos con Brasil, Chile y México para enfrentar amenazas transnacionales y participar activamente en foros como la OEA y las Naciones Unidas.
La estrategia rusa en América Latina, basada en el realismo ofensivo, ha generado desafíos significativos para la seguridad, defensa y estabilidad política de la región, afectando directamente a Colombia. Rusia ha fortalecido su influencia mediante alianzas con países como Venezuela, Nicaragua, Cuba y Bolivia, utilizando estas plataformas para proyectar su poder.
En el ámbito económico, las inversiones rusas en sectores estratégicos de estos países han desestabilizado los mercados regionales, impactando a Colombia con contrabando, distorsión de mercados y financiamiento de actividades ilícitas. En lo político, el respaldo ruso a regímenes de izquierda y acercándose a Colombia aprovechándose de las ideologías del Gobierno actual; la proximidad de desarrollos militares rusos en Venezuela y Nicaragua incrementa la vulnerabilidad colombiana, obligando al país a reforzar sus alianzas estratégicas.
Para enfrentar estos desafíos, Colombia debe adoptar un enfoque integral que incluya fortalecer alianzas internacionales, especialmente con Estados Unidos, y mejorar sus capacidades de inteligencia y contrainteligencia para enfrentar la desinformación y el espionaje. Es esencial combatir el contrabando, proteger sectores económicos estratégicos y promover la estabilidad regional a través de la diplomacia multilateral.
Además, modernizar las capacidades militares con tecnologías avanzadas y estrategias robustas será clave para contrarrestar la militarización en la región. Aunque la influencia rusa plantea riesgos multidimensionales, una acción coordinada y sostenida permitirá a Colombia mitigar las amenazas, proteger su soberanía y consolidar su liderazgo regional mediante la cooperación internacional y el fortalecimiento de sus capacidades internas.
Declaración de divulgación
Los autores declaran que no existe ningún potencial conflicto de interés relacionado con el artículo.
Financiamiento
Los autores no declaran fuente de financiamiento para la realización de este artículo.
Sobre el/los autor(es)
John Alexander Saray-Hernández es estudiante de Maestría en Resolución de Conflictos y Mediación de la Universidad Internacional Iberoamericana (México), es Magister en Inteligencia Estratégica de la Escuela de Inteligencia “BG. Ricardo Charry solano” (Colombia), Especialista en Seguridad de la Información del Politécnico Grancolombiano (Colombia), Administrador de Empresas del Politécnico Grancolombiano (Colombia), Gerente de la Seguridad y Análisis Sociopolítico de la Escuela de Inteligencia “BG. Ricardo Charry solano” (Colombia).
https://orcid.org/0000-0002-3810-5081 - Contacto: zeussaray@gmail.com
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[1] Artículo de investigación, elaborado como opción de grado para obtener el título de Magíster en Inteligencia Estratégica en la Institución Universitaria Escuela de Inteligencia y Contrainteligencia “BG. Ricardo Charry Solano”.
[2] La sigla BRICS se refiere a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, todos ellos considerados economías emergentes, con un gran potencial, que pueden llegar a estar entre las economías dominantes a mediados de siglo.